Como una mayoría de los que han logrado revolucionar algún ámbito con una creación propia, la vida de Isadora Duncan estuvo marcada por la tragedia y la genialidad. Según sus palabras, en su vida sólo estaba la danza, a la cual llamaba la danza del espíritu, ya que estaba convencida de que la que bailaba era su alma y no cuerpo. Fue una librepensadora y una constante innovadora, así se convirtió en la pionera de la libre interpretación de partituras no escritas para ser bailadas, como las de Schubert o Chopin. De esta manera, con su pasión a cuestas, creó escuelas en Francia, Alemania y Rusia, y sentó las bases de la danza moderna, la cual se alejó de lo clásico y se opuso a las técnicas de enseñanza tradicional. Sus gestos estatuarios, rítmicos y sus túnicas evocaban las danzas de la antigua Grecia. Asimismo, su concepto estético reivindicó el culto y la naturaleza del cuerpo. En su autobiografía “Mi vida” escribió: “Nací a la orilla del mar. Mi primera idea del movimiento y de la danza me ha venido seguramente del ritmo de las olas…”. Por ello su amor a la naturaleza y a la vida lo transmitía a través del movimiento, siguiendo el ejemplo de las nubes, el mar o las hojas de los árboles movidas por el viento. Isadora afirmaba que el baile era una prolongación de los movimientos naturales del cuerpo, a los que consideraba más bellos que los que realizados por los bailarines clásicos (que ella veía como antinaturales). Es por ello que se negó a usar las zapatillas de baile, por lo que el contacto de sus pies con el suelo era su forma más clara de libertad. Además, fue una crítica de la cultura y del arte, y defensora de los derechos de la mujer. En definitiva, fue una gran artista, una gran fémina.
ació en San Francisco en el año 1878, siendo hija de Mary Dora Grey -quien influyó en su arte- y del banquero Joseph Duncan, de quien sufrió su ausencia. Su nombre original era Ángela, pero desde pequeña adoptó el nombre de Isadora. A los cinco años de edad anunció a su familia que deseaba ser bailarina, y es así que se obsesionó por la danza, logrando alcanzar la perfección clásica. A los 10 años abandonó la escuela para dedicarse a esta actividad y a los 17 se fue a los Estados Unidos, a la ciudad de Nueva York, donde se incorporó a la compañía del dramaturgo Augustin Daly. Éste le dio la oportunidad de presentarse en varios escenarios. En 1897 se fue a Inglaterra para estudiar los movimientos de la danza griega, y basándose en esta investigación organizó un espectáculo que presentó en Londres, con el cual obtuvo gran éxito. Esto le permitió hacer presentarse en los principales teatros europeos, por lo que llegó a recorrer Francia, Italia y Grecia. Con sus ideas influyó en la compañía de danza de Serguei Diaghiley. En 1902 compró cerca de Atenas la colina de Cópanos para establecer un templo de la danza, proyecto que no terminó por cuestiones económicas; por ello regresó a Europa occidental, donde en 1904 una escuela de ballet cerca de Berlín.
Lo más destacable de Isadora es que no sólo revolucionó con su danza extravagante, sino que también rompió los moldes en otros aspectos de su vida: era atea, bisexual (hacía apología del amor libre) y socialista -opinó a favor de la Revolución Rusa-. Tuvo numerosos amantes de ambos sexos, siendo su primer amor duradero el escenógrafo inglés Edward Gordon Craig, con el que tuvo a su hija llamada Deirdre. Luego, con el millonario Paris Singer (heredero del imperio de las máquinas de coser Singer) tuvo a su segundo hijo, Patrick. Y entre sus amantes estuvieron Mercedes De Acosta, Oscar Berege, Eleonora Duse y Heinrich Thode. En 1912 se casó con el poeta ruso Serguei Esenin, diecisiete años menor que ella y también bisexual. Ambos viajaron juntos por el mundo, pero al v
olver a los Estados Unidos fueron acusados de comunistas, por lo cual tuvieron que regresar al continente europeo. En 1913, sus dos hijos, Patrick (de tres años) y Deirdre (de cinco) murieron ahogados en el río Sena junto a su niñera tras un accidente de coche. Ocho meses después de esta gran tragedia tuvo otro hijo, el cual murió a los veinte minutos de haber nacido. Esto la sumergió en una profunda depresión (intentó suicidarse en varias ocasiones), se volvió adicta al alcohol y a los excesos sexuales, y por un tiempo estuvo alejada de los escenarios.
En 1925 su marido Esenin, quien también sufría de una profunda depresión, la abandonó y se volvió a la Unión Soviética donde se suicidó. Isadora se fue a vivir a Niza (Francia), donde continuó con su carrera artística, y en 1926 publicó “Mi vida”, su autobiografía. Su muerte, muy literaria, le dio el cierre a una existencia casi épica. Murió el 14 de septiembre de 1927, estrangulada por el largo chal que llevaba en el cuello, el cual se enganchó en una rueda de su descapotable mientras conducía. Su cuerpo está enterrado en el cementerio Pére Lachaise de París. En 1928 apareció la obra póstuma “El arte de la danza” (escrita por ella durante su refugio en Niza), con el cual deseaba brindar un compendio de sus enseñanzas; tiempo después este libro fue considerado una obra clásica del género.

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